
Esta frase no es correcta ni adecuada neuroeducativamente para un niño menor de 4 años.
Para que un niño o niña pueda compartir, primero necesita tener Teoría de la mente, es decir comprender el punto de vista del otro y esto no se inicia hasta los 4-5 años.
Exigir compartir mediante un mandato externo ignora los hitos del neurodesarrollo propio de la primera infancia. En su lugar, suele provocar respuestas de estrés o sumisión por coerción, impidiendo la consolidación de la conducta prosocial genuina.
Lucas (4 años) juega absorto en el arenero construyendo una torre con un camión volquete rojo que acaba de trazar su ruta. Mateo (6 años), que corre por la zona con su madre, lo ve, se acerca sin previo aviso y le arrebata el camión de las manos para llevárselo a otro banco. Lucas rompe a llorar con rabia, patalea y grita: "¡Es mío, me lo ha quitado!". La madre de Lucas, buscando evitar el conflicto y la vergüenza social ante los demás padres, interviene de inmediato con la frase automática: "Lucas, cariño, no pasa nada, tienes que compartir. Hay que prestar los juguetes a los demás para ser buenos niños". Lucas, además de frustrado por la pérdida de su juguete, se siente desautorizado y obligado a ceder algo que en ese preciso momento necesitaba para su juego, mientras Mateo se marcha con el camión bajo la mirada aprobatoria de los adultos.
El mito de que "tienes que compartir" se pone en práctica bajo la premisa de que forzar al niño a ceder sus pertenencias de manera inmediata enseña generosidad, empatía y convivencia pacífica. En este escenario, la madre utiliza el mandato como una norma social rígida donde el deseo o la necesidad temporal del propietario del objeto quedan anulados por el bienestar del otro niño y la tranquilidad superficial del entorno. Se confunde el acto voluntario de la generosidad con una expropiación forzosa. El niño aprende que su espacio personal y sus límites no importan, y que la única forma de evitar el castigo o la desaprobación adulta es renunciar a lo que le pertenece ante la presión externa.
Forzar a los niños a compartir antes de que hayan desarrollado la madurez cerebral necesaria (generalmente alrededor de los 5 o 7 años) genera el efecto contrario al deseado: en lugar de fomentar la generosidad, siembra inseguridad, resentimiento y la sensación de indefensión. A esa edad, el concepto de la propiedad privada aún se está construyendo; para un niño pequeño, un objeto es una extensión de su propio territorio emocional. Cuando se le arrebata su pertenencia bajo la orden de "compartir", no comprende la empatía, sino que experimenta una injusticia.